Reflexión Dominical
Ascención del Señor
«Ellos fueron y ploclamaron el Evangelio por todas partes»
La resurrección, la ascensión y pentecostés son aspectos diversos del misterio pascual. Si se presentan como momentos distintos y se celebran como tales en la liturgia es para poner de relieve el rico contenido que hay en el hecho de pasar Cristo de este mundo al Padre. La resurrección subraya la victoria de Cristo sobre la muerte, la ascensión su retorno al Padre y la toma de posesión del reino y pentecostés, su nueva forma de presencia en la historia. La Ascensión no es más que una consecuencia de la resurrección, hasta tal punto que la resurrección es la verdadera y real entrada de Jesús en la gloria. Mediante la resurrección Cristo entra definitivamente en la gloria del Padre.
«Apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del Reino de Dios». Los cuarenta días en el A. y NT representan un período de tiempo significativo, durante el cual el hombre o todo un pueblo se encuentra recluido en la soledad y en la proximidad de Dios para después volver al mundo con una gran misión encomendada por Dios. Con el acontecimiento de la Ascensión se termina una serie de apariciones del Resucitado. ¿Dónde estaba Jesús durante los cuarenta días después de Pascua, cuando se aparecía a sus discípulos? ¿Estaba solitario en algún lugar de Palestina del que salía de cuando en cuando para ver a sus discípulos? ¡NO! Jesús estaba ya «junto al Padre» y «desde allí» se hacía visible y tangible a los suyos. Junto al Padre estaba ya desde su resurrección y con nosotros permanece aún después de subir al Padre. En la Ascensión no se da una partida, que da lugar a una despedida; es una desaparición, que da lugar a una presencia distinta. Jesús no se va, deja de ser visible. En la Ascensión Cristo no nos dejó huérfanos, sino que se instaló más definitivamente entre nosotros con otras formas de presencia. «Yo estaré siempre con vosotros hasta la consumación de los siglos». Así lo había prometido y así lo cumplió. Por la Ascensión Cristo no se fue a otro lugar, sino que entró en la plenitud de su Padre como Dios y como hombre. Y precisamente por eso se puso más que nunca en relación con cada uno de nosotros.
Por esto es muy importante entender qué queremos decir cuando afirmamos que Jesús se fue al cielo o que está sentado a la derecha de Dios Padre.
La única manera de convertir la Ascensión en una fiesta es comprender a fondo la diferencia radical que existe entre una «desaparición y una partida. Una partida da lugar a una ausencia. Una desaparición inaugura una presencia oculta.Por la Ascensión Cristo se hizo invisible: entra en la participación de la omnipotencia del Padre, fue plenamente glorificado, exaltado, espiritualizado en su humanidad. Y debido a esto, se halla más que nunca en relación con cada uno de nosotros.
Si la Ascensión fuera la partida de Cristo deberíamos entristecernos y echarlo de menos. Pero, afortunadamente, no es así. Cristo permanece con nosotros «siempre hasta la consumación del mundo». En la Biblia, la palabra cielo no designa propiamente un lugar: es un símbolo para expresar la grandeza de Dios. S. Pablo dice: «subió a los cielos para llenarlo todo con su presencia» (Ef/04/10), es decir, alcanzó una eficacia infinita que le permitía llenarlo todo con su presencia.
«Encielar» a Cristo es como desterrarlo, es perderlo. Su ascensión es una ascensión en poder, en eficacia, y por tanto, una intensificación de su presencia, como así lo atestigua la eucaristía. No es una ascensión local, cuyo resultado sólo sería un alejamiento. No olvidemos que el relato de los Hch de los apóstoles es mucho más el relato de la última parición de Cristo que la fecha de su glorificación.
Mientras tanto ¿qué hacer? Esta es la cuestión fundamental: ¿Y ahora, qué?
-Vivir la certeza de que Él «está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo». Que la Encarnación es un gesto de Dios irreversible. Está, pero de otro modo. Y los apóstoles necesitaron semanas para comprender y hacerse a la idea. Es el sentido de lo sorprendente de cada «aparición». Reconocerle en tantas mediaciones: Iglesia, comunidad, sacramentos, eucaristía, hermanos... Encontrar al Señor en todo y de tantas maneras.
La Ascensión es la plenitud de la Encarnación. Cuando se hizo carne no se pudo encarnar más que en un solo hombre, al que asumió personalmente el Verbo de Dios. Pero mediante la Ascensión, por la fuerza del Espíritu que lo resucitó de entre los muertos, se hace «más íntimo a nosotros que nosotros mismos», de tal modo que Pablo pudo decir «vivo yo, pero no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí».